Aperuit Illis

El Papa Francisco publicaba el pasado el 30 de septiembre la Carta apostólica titulada Aperuit Illis, “les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24, 45). Mediante esta carta establece como Domingo de la Palabra de Dios el III Domingo del Tiempo Ordinario de cada año. Pretende el papa dedicar este domingo a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios (Aperuit Illis, 3), con el objetivo de comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo (Carta ap.). Quiere el papa que los creyentes demos gran importancia a la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal. Sería bueno leer detenidamente este documento, que se puede encontrar en internet escribiendo simplemente Aperuit Illis. Ya el Concilio Vaticano II había dado un gran impulso a la Palabra de Dios con la constitución Dei Verbum y en los años posteriores los papas S. Juan Pablo II, Benedicto XVI y el mismo Francisco han seguido la línea marcada por el Concilio y han insistido en la importancia de la Palabra de Dios tanto en la vida como en la misión de la Iglesia. En la Sagrada Escritura el Señor nos habla, se nos da a conocer y espera nuestra respuesta libre, personal y consciente. Por ello, es necesario acercarnos a la Sagrada Escritura con una escucha atenta, una lectura asidua, una actitud receptiva, un corazón orante, una recepción creyente, una asimilación continua, una vivencia intensa, una celebración gozosa y un testimonio misionero. Decía S. Jerónimo, maestro y estudioso de la Palabra de Dios, en cuyo 1600 aniversario de su muerte el papa ha publicado Aperuit Illis, que la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo. El papa Francisco, al instituir el Domingo de la Palabra de Dios, nos recuerda que el Resucitado sigue caminando en medio de su comunidad, explicando

las Escrituras con su vida y su palabra, e invitándonos a todos a implicarnos en la hermosa tarea de anunciar el Evangelio. El catecismo de la Iglesia en su número 134 citando a Hugo de San Víctor dice: Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo. Y en el número 141 afirma: La Iglesia siempre ha venerado la sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo (Dei Verbum 21): aquélla y éste alimentan y rigen toda la vida cristiana. Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero.

Hoy damos comienzo a la lectura del evangelio de S. Mateo, que nos acompañará durante todo el año litúrgico. El arresto de Juan el Bautista empuja a Jesús a tomar el relevo. A partir de ahora será él quien continúe con la predicación de la Buena Noticia del Reino y su implantación en medio de este mundo. El Bautista había irrumpido en el desierto de Judá, junto al Jordán. Su mensaje era de conversión ante la inminente llegada de Dios que trae un hacha en la mano para cortar los árboles que no dan fruto. Jesús, por su parte, cambia de escenario. Se traslada desde Nazaret, – el pueblo donde se había criado y vivido durante unos 30 años-, a Cafarnaúm, situado junto al lago de Genesaret. Una tierra que por su proximidad a otros pueblos extranjeros era llamada Galilea de los gentiles (Is 8,23). A primera vista, Jesús se limita a repetir el mismo mensaje de Juan: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos (v.17). Pero el tono y las consecuencias de su predicación serán muy distintas. Si la proclamación de Juan suscitaba cierto temor, el anuncio de Jesús genera alegría y gozo, y proporciona luz para salir de las tinieblas en las que vive Israel. De este modo se cumplen las palabras del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló (Is 9,1). Si la invitación del Bautista movió a muchos a bautizarse, la proclamación de Jesús se convierte en una invitación al seguimiento y a involucrarse en la tarea del Reino, que trae curación y salvación para todos: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres (v. 19). Jesús anuncia un proyecto en el que la prioridad será curar y recuperar a quienes viven sumergidos y oprimidos por las fuerzas del mal.