Vivir en verdad: el legado de Teresa de Jesús

Francisco Javier Sancho Fermín.-

Un año más se nos regala la oportunidad de celebrar la fiesta de Santa Teresa de Jesús. Después de las obligadas restricciones vividas en el último año y medio, y aun cuando se nos invita a seguir siendo prudentes, el hecho de poder celebrar su fiesta con cierta normalidad, es ya un signo de gozo y esperanza. Ciertamente sin olvidar que, aunque la música, la feria, los fuegos y otras manifestaciones religiosas, artísticas y culturales se hacen presentes estos días, no hemos de bajar la guardia frente a ese enemigo invisible que aun no hemos vencido. 
Es evidente que estos meses no han sido fáciles, y sabemos de mucha gente que lo ha pasado verdaderamente mal. El virus ha dejado tras de sí mucho dolor y muerte, muchos miedos y soledades; pero también mucho tiempo y posibilidades para aprender a mirar la vida con otros ojos. No cabe duda de que lo vivido en este tiempo ha despertado en muchos la necesidad de aprender a vivir la vida con otros valores y referentes.
Por eso creo que hoy podemos mirar a Teresa de Jesús con unos ojos renovados, capaces de percibir algo más de su actualidad. Teresa es una mujer que seguramente tiene tanto que enseñarnos cada día. También ella paso sus propias crisis personales, sus dificultades y enfermedades. Y si algo la mantuvo en pie, a pesar de todo, fue su profundo deseo de autenticidad, de verdad. Su lucha se desenvolvió en el afán por dar un sentido auténtico a su vida, tantas veces condicionado por la realidad y mentalidad de su tiempo. Supo encontrar el camino para vivir consciente y gozosa su condición de mujer y persona.
Solo cuando aprendió a mirarse a sí misma en verdad, en lo profundo de su ser, descubrió un camino capaz de forjarla en la felicidad. Confrontarse consigo misma no fue una tarea fácil, porque eso la obligó a desmontar muchas cosas sobre las cuales había construido su seguridad, pero que la alejaban de ser ella misma. Tener que aprender a reconocerse en su pobreza, en su debilidad, en sus condicionantes fue una lucha interior dolorosa, pero liberadora, como ella misma reconocerá. Pues también así se abrió a la necesaria autoestima que nace de lo profundo del corazón.
En este sentido Teresa nos enseña hoy a mirarnos con franqueza a nosotros mismos, si es que queremos vivir con autenticidad, y sin disfrazarnos de lo que no somos. Ella misma planteaba este reto como fundamental a sus seguidoras: vivir en verdad, no queriendo engañar al mundo aparentando lo que no somos. Porque, una vida que se construye sobre la mentira termina por destruirse a sí misma y hacer daño a los demás. Verdad antropológica y psicológica fundamental que parece haberse hoy olvidado en tantos ámbitos. De ahí su insistencia en que, incluso la oración, debía fundamentarse en la verdad; de lo contrario, aconsejaba que era mejor no hacerla, porque podía sumir a la persona en una situación de autoengaño aún más profundo. Afirmaciones que sacarían los colores a los que se siguen considerando como poseedores únicos de la verdad absoluta, y no tienen reparo en condenar a los que no piensan como ellos. Posiblemente nadie está en una actitud tan profunda de ceguera y engaño como estos.
Una verdad que debería presidir toda la vida, como el único camino para una humildad humanizadora. Para Teresa la humildad, al fin y al cabo, era un modo de ser y de vivir desde el reconocimiento auténtico de lo que uno es: sin pretensiones de ser otra cosa, y menos aún, de querer aparentar otra realidad, que antes o después, termina por hacer infeliz a la persona. Un modo de ser que nos lleva a vivir en la simplicidad, y que nos lleva a mirar a los otros en esa misma dinámica: acogiendo a cada uno en su calidad única. Humildad y verdad como dos palabras imprescindibles en el camino del bien vivir, pero que tan aparcadas se han quedado en nuestro lenguaje social.
 Porque «la humildad es andar en verdad», Teresa necesita ser hoy nuevamente escuchada y leída. Su talante de mujer buscadora, de mujer honesta, de mujer humilde, la convierten hoy en un referente indispensable de humanización de nuestra sociedad. Pretender construir una sociedad ignorando lo «humano», es un caminar hacia ninguna parte.