V Domingo de Cuaresma

«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto».

El pasaje evangélico de hoy está situado en la última semana de la vida pública de Jesús, en la inminencia de la Pascua judía. Seis días antes de la Pascua, en Betania, había sido ungido por María, un día después había entrado en Jerusalén aclamado por una gran multitud. El contexto por tanto nos sitúa en Jerusalén. Las calles están llenas de gente que ha venido de todas partes a celebrar la Pascua. Y entre estos, Juan hace un zoom y nos presenta a algunos griegos, prosélitos del judaísmo, gentiles convertidos, que por curiosidad y atraídos por lo que Jesús estaba haciendo, se acercaron a Felipe, posiblemente por tener este un nombre griego y le dicen: “Queremos ver a Jesús».
Este llama a Andrés, también con nombre griego, y ambos «fueron a decírselo a Jesús». 
En la petición de estos griegos anónimos podemos descubrir una identidad común a todos nosotros, una necesidad que habita todo corazón humano: la sed de ver y conocer a Cristo. El corazón experimenta, tantas veces, el arañazo del vacío, del sinsentido, de lo mediocre de la vida…, y ante cualquier esperanza que despunta, se despierta en lo profundo un deseo de más. Esto les sucede a estos hombres. Atisban en la novedad que parece traer Jesús, una esperanza, una salida al dolor. Pero ante este deseo, Jesús responde del modo más inesperado porque no se acerca a ellos cumpliendo su deseo primero de verle, sino que responde con un horizonte más amplio, el que alberga su corazón y dice: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre».
¿Qué tiene que ver el deseo de los griegos de ver a Jesús con la respuesta de Jesús?
La liturgia de este domingo, ante la inminente llegada de la semana de Pasión, nos presenta, como respuesta al deseo de estos griegos un binomio inseparable: Conocer a Jesús es acercarse a la verdad de su vida, que tiene que ver con entregarla en la pasión asociada por Juan a la hora de la glorificación. (Jn 13) 
Y el signo de que ha llegado la hora de la glorificación es expresado con una imagen paradójica, sugerente y sencilla: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto». ¿Queréis ver a Jesús?, ¿queréis, de verdad, encontraros con el Hijo del hombre?, pues aquí lo tenéis: se trata, como dice S. Atanasio, de un «grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho fruto».
Querer entrar en contacto con la vida de Dios no es cualquier cosa, no es cuestión de curiosidad, no es el encuentro con algo exitoso. Jesús quiere mostrar la verdad de su opción, que no es sino la de amar y, amar pide la vida; y entregar la vida, nos provoca miedo y, tantas veces, rechazo.
De hecho, el mismo Jesús tiene miedo a ser enterrado como grano de trigo. Él sabe, como tantas veces nosotros sabemos, que es la única vía para dar fruto. Pero el saberlo no le arranca, como también nos sucede a nosotros, del miedo y por eso afirma: «mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?».
Jesús asume, no sin lucha, lo que tanto nos cuesta asumir a nosotros: morir, ser enterrados con un grano de trigo.
También Jesús vive el conflicto entre amar la vida y perderla; entre guardársela y entregarla. Él sabe que ha venido para cumplir la voluntad del Padre, pero esta adhesión la vive, como nos dice la carta a los Hebreos que se proclamará como segunda lectura, «con poderoso clamor y lágrimas» (Hb 5, 7).

Jesús no se aproxima a la Pasión “de sobrado”. Él avanza, como hombre, con miedo. Él sabe que el único camino de la vida verdadera es el de la pérdida de la misma, y para hablar de este perderla, utiliza una expresión semítica que es “odiar la vida”. Esta encierra una paradoja donde se subraya la radicalidad que caracteriza no solo a Jesús sino también a quien le sigue. No existe otro camino para experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del Amor sino el camino de darse, entregarse, perderse para encontrarse.
El cumplimiento de la vida, por tanto, tiene que ver con la pérdida, por eso cruz y resurrección son dos polos que se abrazan, que se reclaman mutuamente. No aceptar el amor hasta el extremo, la cruz, la pérdida, el vaciamiento de uno mismo es, en definitiva, no acoger la vida nueva del Resucitado. Quien quiere tener su vida para sí, vivir sólo para él mismo, tener todo controlado y explotar todas sus posibilidades, éste es precisamente quien la pierde, pues esta se vuelve tediosa y vacía. Solamente en el abandono nosotros mismos, en la entrega desinteresada del yo en favor del tú, en el “sí” a la vida más grande, la vida de Dios y de la hermana, nuestra vida se ensancha y engrandece.
Vivir en plenitud, es decir, vivir desde el amor, significa dejarse a sí mismo, entregarse, no querer poseerse a sí mismo, sino liberarse de sí: no replegarse sobre sí mismo sino mirar adelante, hacia el otro, hacia Dios y hacia los hombres que Él pone en mi camino. 
Sin sacrificio, no existe una vida lograda sino perdida. En este domingo previo al de Ramos, se nos pone ante una opción: elegir la vida y por tanto decidir perderla o aferrarme al fruto hipotético, sin querer ser enterrado como un grano de trigo.
Elegir el éxito, la no pérdida, la autoafirmación, la imposición de mí misma nos introduce en un camino anti-pascual. Sin embargo, apostar por la vida es no autoafirmarla a costa de lo que sea y entrar, con Jesús, en el camino de la Pascua.
¿Qué tengo que dejar morir en mí?, ¿cuál es mi grano de trigo que está llamado a ser enterrado?, ¿cuál es la gloria que espero de la Pascua?, ¿estoy dispuesta a elegir perder?