Domingo III de Cuaresma

Jesús echó fuera del templo de Jerusalén a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. No soportó ver el negocio que, con pretextos religiosos, se estaba haciendo con la gente y, por si fuera poco, en el templo, lugar de encuentro entre Dios y su pueblo. Este hecho, en el que Jesús se reveló como el nuevo Templo, nos ayuda a prepararnos para recibirlo en la Comunión.

El templo es espacio de encuentro salvador entre Dios, que ofrece la salvación, y su pueblo que es salvado; no es lugar de negocio, ni de mercado, ni de compraventa. El templo de Jerusalén era el lugar más sagrado de los judíos, pero sus dirigentes lo habían transformado en otra cosa: negociaban con las personas, especialmente con los pobres; se enriquecían a costa de los demás. Con su acción de protesta, Jesús firmó su sentencia de muerte. Le exigieron una explicación de lo que había hecho. Con su respuesta, se presentó como el Templo nuevo de Dios, pues al decirles que destruyeran ese templo y Él lo reconstruiría, se refería a su propio cuerpo, como de hecho sucedió al quedar despedazado en la cruz y resucitar al tercer día. Estaba anunciando su muerte y su Resurrección.

A partir de entonces, los templos materiales perdieron su sentido, por más bonitos y lujosos que estuvieran. El templo de carne y hueso que era Jesús suplía a todos los demás. El lugar perfecto para el encuentro entre Dios y su pueblo es Jesús, pues es Dios y hombre fundidos en una misma persona. Es Dios humanado y hombre divinizado, es el Verbo de Dios hecho carne, es la Palabra de Dios que habita entre nosotros. No pudo ni puede haber Templo más completo para darle culto a Dios que su propio Hijo encarnado.

El costo de esta realidad fue su muerte en la cruz. Ahí, al derramar hasta sus últimas gotas de sangre y agua, Jesús, y toda la humanidad con Él, ofreció el mejor culto a su Padre. Y tres días después de su muerte y sepultura, salió reconstruido del sepulcro. Esa fue la prueba de que tenía autoridad para expulsar del viejo y grandioso templo a los vendedores.

Este tercer domingo de Cuaresma se nos ofrece la oportunidad de tomar conciencia de nuestra participación en la condición de templos por el Bautismo y renovar el compromiso de convertirnos, cada vez con mayor claridad, en lugares de encuentro entre Dios y su pueblo. En la celebración del Bautismo fuimos ungidos templos vivos de Dios, para realizar la misma función de Jesús. Fuimos consagrados para ofrecer nuestro cuerpo, nuestra persona y nuestra vida, como culto agradable a Dios, y no como objeto o lugar de negocio o de mercado. De ahí que cada persona es sagrada por ser templo de Dios y debemos respetarla como tal. ¿Cómo tratamos a los demás? ¿Colaboramos a mantener el encuentro salvador entre Dios y su pueblo, por el respeto mutuo, o estamos haciendo negocio con los demás, especialmente con los pobres, abusando de ellos? ¿Qué haría Jesús con nosotros hoy?

Hoy que lo vamos a recibir sacramentalmente, además de agradecer a Dios que nos lo ha regalado para que tengamos vida eterna, renovemos nuestro compromiso de valorar, respetar y cuidar más a las personas, templos vivos de Dios, que a los templos materiales.