Domingo II Cuaresma

Las lecturas nos hablan de la entrega que da vida. El relato del Génesis recoge la prueba de Dios a Abrahán al pedirle que le entregue en sacrificio a Isaac, el hijo de la promesa. El patriarca obedece y se pone en camino, al igual que cuando fue llamado por Dios para ir a la tierra en la que recibiría una gran descendencia (Gn 12,1). Si entonces abandonó su pasado y su presente, confiando en el futuro que Dios le prometía, ahora está dispuesto a entregarle su nuevo presente y su futuro. El Señor, Dios providente, al ver su fidelidad, detiene la mano de Abrahán y le renueva la bendición y la promesa de una gran descendencia.

Esta promesa se cumple en Jesús, al entregar su vida por la humanidad. Después de haber anunciado por primera vez su pasión y muerte, Jesús se trasfigura en la montaña, mostrando su gloria a los discípulos como anticipo de la resurrección. La aparición de Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas, manifiesta que Jesús es la nueva y definitiva revelación, que abre el sentido de las Escrituras y las lleva a plenitud. Así lo indica la voz de Dios, que, al igual que en el Bautismo, identifica a Jesús como su Hijo y pide que se le escuche. Los discípulos han de seguir el camino de Jesús hasta el momento de su resurrección, cuando será posible entender el significado pleno de su vida entregada y las implicaciones para su fe y su misión.

Como afirma Pablo, Dios mismo nos lo ha dado todo al entregarnos su propio Hijo. Las preguntas retóricas del apóstol declaran el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, que en su muerte y resurrección nos ha dado la vida nueva. La entrega por amor lleva dentro la luz de la gloria divina.