II Domingo de Adviento

“Preparad un camino al Señor”, nos exhorta el profeta Isaías. Un camino, por el que Cristo llegue a nuestra vida con facilidad, sin defendernos de su mensaje, sin cortarle el paso a determinados aspectos de nuestra existencia en los que nos parece que El no tiene nada que ver: dinero, relaciones, carácter, negocios, etc.

 “Allanad los senderos, que las colinas se abajen y los valles se eleven”, escribe el mismo profeta, para que no nos quedemos sin Dios ni esta Navidad, ni cuando termine la pandemia, ni el día de nuestra partida de este mundo. Estas mismas profecías, vendrá a repetirlas el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad: Juan el Bautista, el que “no merece ni agacharse para desatar la correa de las sandalias al que viene detrás de él”, como proclamará él mismo en este Evangelio de Marcos de hoy. Uno tan humilde ante el Señor y nosotros tan chulescos tantas veces con nuestras peticiones vacías o nuestras reclamaciones amargas. Parece que Dios tiene que hacer lo que yo le digo, que para eso soy cristiano y no yo, lo que El ha venido a traerme como regalo impagable y norma para el Cielo: su propia Persona hecha carne y hueso, como yo.

“El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que pasa es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se salven”, reza la segunda carta de Pedro que se nos ha proclamado en la Eucaristía. ¿Cuantos años nos concede Dios de vida a cada uno? No lo sabemos. Pero seguro que los suficientes para abrir un camino lleno de buenas obras, sembrado de Fe, Esperanza  y Caridad, alfombrado de penitencia y limosnas y alumbrado con el aceite de nuestra vigilia esperando su venida. ¡Eso es un cristiano! Lo dice el Señor, no me creáis a mi, que soy un pecador como cualquiera intentando ganar el Cielo.

Juan hacía penitencia, en su vestir y en su alimento como relata San Marcos; otro de los aspectos que debemos poner por obra en este tiempo de preparación a la Navidad. No pasa nada si no tienes cilicio o flagelos; busca recortarte en eso que te gusta tanto comer, en ese capricho innecesario que quieres comprarte, en ese deseo incombustible de tener cada vez más, cuando ya tienes para alimentarte y alimentar a los tuyos dignamente, en visitar o llamar a esa persona que está sola y te cuesta tanto. No somos ningunos mártires por intentar ser dueños de nuestros impulsos; al contrario, ganaremos en libertad y bienestar.

Practica la paciencia contigo mismo y con la venida del Señor, como nos dice san Cipriano en una de sus cartas. Quiérete como Dios te quiere y quiere a los demás, que no es nada fácil muchas veces. Pero la paciencia todo lo alcanza.