Las primeras en creer…

Comparar los relatos de los cuatro evangelios de las experiencias de los discípulos ante la tumba vacía en la primera mañana de Pascua puede ser desafiante. Cada uno de los evangelios relata el acontecimiento de manera un poco distinta. Los mismos discípulos no aparecen en cada uno de los evangelios y el orden en que aparecen es también distinto. ¿Hay un joven (Marcos) o dos hombres (Lucas), o un ángel ante la tumba (Mateo)? ¿O no hay ni hombre ni ángel, sino solamente Jesús mismo que está fuera de la tumba (Juan)?

Esperar que los cuatro evangelios den el mismo relato, o al menos que estén de acuerdo sobre todos los detalles de los acontecimientos de la mañana de Pascua ante la tumba vacía podría llevarnos en una dirección errónea. En lugar de encontrar el testimonio de cada evangelio de nuestra fe en la resurrección de Jesús, nos podríamos encontrar discutiendo con dudas y exigiendo pruebas. A este lado de nuestras propias tumbas, lo más cerca que la mayoría de nosotros puede llegar a la prueba de la resurrección de Jesús es la alegría que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones cuando acogemos el mensaje, «Ha resucitado.»

Sin embargo, hay un hilo común en cada uno de los relatos de la resurrección. Los primeros testigos de la realidad de la tumba vacía eran mujeres (o solamente María Magdalena en el de Juan). Esto irónicamente revela una realidad histórica que la iglesia primitiva y los propios escritores de los evangelios parecen haber temido que arrojara dudas sobre su testimonio de que Jesús verdaderamente resucitó de entre los muertos.

Lucas nos presenta varias mujeres ante la tumba vacía. «Las mujeres eran María Magdalena, Juana y María la madre de Santiago,» así como otras sin nombre «que las acompañaban» (24,10). Lucas reporta claramente la experiencia de las mujeres: «Pero al amanecer del primer día de la semana, tomaron las especies que habían preparado y acudieron a la tumba. Encontraron la piedra separada del sepulcro. Pero, cuando entraron, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Cuando estaban sorprendidas sobre esto, he aquí que dos hombres en vestiduras brillantes se les aparecieron. Ellas estaban aterrorizadas e inclinaron sus rostros hacia el suelo. Ellos les dijeron: «¿Por qué buscan a quien está vivo entre los muertos? No está aquí, sino que ha resucitado. Recuerden lo que les dijo cuando todavía estaba en Galilea: que el Hijo del Hombre había de ser entregado a los pecadores y ser crucificado, y resucitar al tercer día» (24,1-7).

La dificultad que tenía la iglesia primitive con este recuerdo era simplemente que las mujeres no estaban consideradas como testigos fiables. Lucas reconoce que esto era un problema para los apóstoles. Las mujeres narran a Pedro y a los otros apóstoles lo que se les había revelado en la tumba, «pero su historia parecía absurda y no las creyeron» (24,11).

Aunque cada evangelio narra fielmente algunos aspectos diferentes de la historia desde la tradición apostólica y oral, todos son unánimes en reportar que los primeros testigos eran mujeres. Esto ha llevado a través de la historia a que algunos hayan desacreditado las narrativas de la resurrección. Como si el decir que un hombre resucita de los muertos no fuera lo suficientemente difícil de creer en sí mismo, el hecho de que fuera un cuento originalmente difundido por mujeres lo hacía parecer ridículo.

Sin embargo, después de casi dos mil años, el testimonio de estas mujeres se ve como más y más confiable históricamente. El mismo hecho de que su testimonio no fuera considerado credible en su propio tiempo y lugar, incluso al principio entre los apóstoles, hace mucho más posible que de hecho fueran los primeros testigos. Cualquiera que piense que la iglesia primitiva fabricara sus relatos de la resurrección se debería preguntar por qué los evangelios insisten en contar la historia de las mujeres que eran los primeros testigos. Lo que una vez fue «absurdo» es ahora un testimonio claro de la resurrección con una credibilidad histórica real.