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Oración y apostolado en el Carmelo

La oración es el elemento esencial en la vida del Carmelo Teresiano. Para Edith Stein fue el centro de su jornada desde su conversión, y lo es en el Carmelo con más razón. La oración es su vida y el camino para apoyar a su pueblo en el sufrimiento. Edith Stein sabe que la oración de la carmelita es la razón de su existencia y el modo de servir a Dios. Su importancia y centralidad surgen, además, de una realidad carismática que configura y determina la espiritualidad propia del Carmelo Teresiano. Todo lo demás gira en torno a esta realidad. Edith Stein subraya con especial intensidad el fundamento último de la vida de oración: Cristo. Sólo en Cristo y desde Cristo tiene sentido y razón de ser la vivencia de la oración como vocación y apostolado: “toda alabanza divina se da por, con y en Cristo”. Este valor cristológico no sólo califica de auténtica la oración sino que además la “objetiviza como oración de la Iglesia”. Para Edith Stein la oración “es un abrirse el alma a Dios”, “es contemplar el rostro del Eterno”. Con ello nos quiere decir que, sin olvidar que toda oración es sólo auténtica en el Espíritu, tiene que surgir en el hombre como un acto de amor, o lo que es lo mismo, como un acto libre del alma ante Dios. De aquí que una oración será más auténtica cuanto más libre sea el hombre que la realiza. Este obrar libre del hombre se caracteriza porque se abre a una relación de amor: “La oración es el trato del alma con Dios. Dios es amor, y amor es bondad que se regala a sí misma; una plenitud existencial que no se encierra en sí, sino que se derrama, que quiere regalarse y hacer feliz. A ese desbordante amor de Dios debe toda la creación su ser. (…) La oración es la hazaña más sublime de la cual es capaz el espíritu humano. La vida de oración, en la medida en que va creciendo como acto libre y amoroso, se transforma en un camino de unión, o camino de participación en la esencia divina que es amor: “El hecho de que Dios sea acogido por el alma significa más bien que ésta se abre libremente a Él y que se da en esta unión que no es posible más que entre personas espirituales. Se trata de una unión de amor: Dios es amor y la participación del ser divino, que es la que garantiza la unión, debe ser una participación del amor. Dios es la plenitud del amor. El amor de Dios, que es don gratuito, transforma a quien lo experimenta en don para los demás. Y no sólo eso, la misma vivencia del don se hace apostolado: “cuanto más profundamente alguien está metido en Dios, tanto más debe, en este sentido “salir de sí mismo, es decir, adentrarse en el mundo para comunicarle la vida divina”. El amor divino rompe con el egoísmo del corazón, y hace que la voluntad del hombre se conforme con la voluntad salvífica universal de Dios. Por eso la oración se transforma en intercesión por el bien de la humanidad. Así lo comprendió Edith Stein: “Interceder con el sufrimiento voluntario y alegre en favor de los pecadores y así colaborar en la salvación de la humanidad”.