Domingo IV de Cuaresma

A medida que avanza el tiempo litúrgico, la Palabra de Dios nos va adentrando, poco a poco, en las entrañas misericordiosas de Dios. La historia bíblica es la historia del amor de Dios a la humanidad, amor que tiene su culmen en la muerte de Jesucristo en la cruz. Admitir, en todas sus consecuencias, que ese amor pase por la muerte del Hijo de Dios no nos resulta tan fácil aceptarlo. Aunque la cruz sea uno de los signos más conocidos y aceptados entre nosotros, no podemos olvidar lo que era realmente la crucifixión. En la antigua Roma, la crucifixión estaba reservada para los mayores criminales. La muerte en cruz era una muerte cruel; los criminales eran atados o clavados en la cruz, desnudos y abandonados hasta que murieran por el dolor o el agotamiento. De esta manera fue condenado Jesús, condenado a morir en una cruz como un delincuente y blasfemo, después de haber sido azotado y coronado de espinas… Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desiertoasí tiene que ser elevado el Hijo del hombre, –le dice Jesús a Nicodemo– para que todo el que cree en él tenga vida eterna (v.14). Difícilmente podía entender Nicodemo que Jesús, colgado en una cruz, fuera fuente de sanación para todo el que le mirara con fe, como lo fue la serpiente colgada en el desierto para los israelitas. Es de suponer que Nicodemo en la conversación mantenida con Jesús pensara más en la ley del talión que en el perdón, pero Jesucristo le insiste que el corazón de Dios Padre no funciona así. Dios es un Padre que acoge y perdona. La cruz de la que nos habla Jesús, nos hace vislumbrar ese amor inmenso del Padre: tanto amó Dios al mundo, que nos entrega a su Unigénito para que nadie perezca, para que todos tengamos vida en abundancia, una vida plena, la vida eterna.  

¡Qué contradicción! El hombre responde al amor de Dios con la crucifixión de su Hijo Jesucristo. En este evangelio podemos encontrar la razón de esta respuesta:que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz (v. 19).Dios Padre mandó a su Hijo como luz del mundo. Y la luz de Cristo no deja a nadie indiferente, o llena nuestro corazón o nos pone entre la espada y la pared frente a nuestro egoísmo, soberbia u orgullo. Con Jesús no hay nada que quede escondido. ¿Qué elegimos?  ¿Somos de los que huyen de la luz? ¿Nos da miedo que Dios mire dentro de nuestras vidas? ¿O más bien estamos dispuestos a aceptar su luz? La diferencia entre los que aceptan la luz y los que huyen de ella no está tanto en ser buenos o malos, sino en creer que Jesús nos puede transformar, nos puede ayudar a crecer, a desarrollar nuestras posibilidades. Ser creyente significa estar convencido de que Dios nos quiere dar la vida a todos, y por eso, nos ponemos a su disposición.

El evangelio de hoy cuestiona la calidad de nuestra fe. Sin que seamos de los que matan o roban, podemos preferir la oscuridad de la noche por falta de valentía para manifestar  que somos cristianos. Hoy, en nuestros ambientes, aunque no suframos persecución – como ocurre en muchos países- el cristianismo no se lleva, no está bien visto y sí es objeto de las mofas y burlas. La cruz, según el evangelio de hoy, es la capacidad de arriesgar nuestras seguridades, del tipo que sean y, en consecuencia, la adopción de su modo de vida. Podemos sentir la tentación de vivir la fe como Nicodemo, sin dar la cara, de noche, podemos querer vivir un cristianismo sin cruz. Pero en la cruz está Cristo. Un cristianismo sin cruz, que no se confiesa y que no se convierte en luz es un cristianismo sin Cristo. Y ocultar la fe es sinónimo de no tener fe.  Los días pasados, ha sido noticia la comunidad cristiana de Bagdad. Aunque las circunstancias sean muy distintas, podemos preguntarnos en qué se parece la vivencia de la fe de unos y de otros. En las encuestas sale todavía muy alto el número de los que se confiesan creyentes en España, pero muchos de estos llamados creyentes tienen arrinconado a Dios de sus vidas y viven como si Dios no existiera. Reconocer a Jesús, tanto para Nicodemo como para nosotros exige tomar posiciones a favor de Jesús, reconocerle públicamente, no solo a nivel privado sino a nivel familiar, comunitario, social, laboral…, exige jugarse la vida, el prestigio, el trabajo. Nos dice hoy el evangelista que quien vive conforme a lo que Dios quiere de nosotros en la verdad se acerca a la luz (v. 21).

Aprovechemos la Cuaresma para mirar de frente al crucificado y que sus heridas nos sanen; que su luz nos convierta también en luz hecha vida y testimonio ante nuestros hermanos.