III Domingo

1.- Lo más sorprendente de la relación del hombre débil con el Dios omnipotente es que este, al ser comparativamente tan débil, pueda oponerse a la voluntad del Ser tan poderoso. La mayoría de los humanos somos transgresores de la Ley de Dios. Algunos lo son muy gravemente con daño a terceros. Otros enarbolando su soberbia se enfrentan y oponen a Dios. Y este Dios lo tolera y diríamos que lo respeta. Entonces se encuentra que la libertad viene de Dios y que es esencia de Dios. El don más grande del hombre es su libertad. Pero el hombre tiende a olvidarla y, despreciando la libertad que Dios le da, se deja oprimir. Muchos de nuestros pecados graves son una forma de opresión. Dios envío a su hijo para “liberar a los cautivos”. Y cuando él, Jesús, está leyendo en la sinagoga el texto de Isaías está señalando que pretende hacerles libres de verdad, liberarles de la esclavitud del engaño, de la falsa libertad.

  1. – Igual que la bondad que reina en el mundo es un reflejo de Dios, la libertad que poseen los hombres también es espejo de la mirada divina. Jesús, en la sinagoga de Nazaret, anunció el principio de una liberación pacifica, del reinado del amor, lo hemos oído en el canto del aleluya El Señor me ha enviado a dar la Buena Noticia a proclamar la liberación de  los cautivos.
  2. – Pero siempre hay algo más para nosotros y nuestra vida mejor. Así en el final de fragmento de Nehemías que hemos escuchado se dice: “No estéis tristes, pues el gozo del Señor es vuestra fortaleza”. La consagración del templo, la vuelta al camino marcado por Dios produce una enorme emoción en el pueblo de Israel. Y esa emoción trae lágrimas. Y, entonces, se dice que nuestra alegría viene de Dios, “pues el gozo del Señor es vuestra fortaleza”. La cercanía de Dios y las obras que están cerca de Él dan alegría como símbolo de que estamos en el camino adecuado. Y además el gozo del Señor ante nuestro trabajo bien hecho es, precisamente, nuestra fortaleza. Y de ahí es de donde puede llegar la mejor recompensa para nuestro esfuerzo. Y da igual cual sea nuestra ocupación en el trabajo para Dios y los hermanos. San Pablo en su Primera Carta a los Corintios explica magistralmente esa organización jerárquica –al mismo tiempo igualitaria— de la Iglesia de Dios. La semejanza a un cuerpo humano con el trabajo interrelacionado de todas las partes de ese cuerpo y la misión principal de la cabeza, pues es un atajo para mejor entender nuestra labor.

4.- Hemos de hacer uso de nuestra libertad absoluta para emprender caminos de santificación y de vida en común con los hermanos. Nadie nos debe empujar hacia donde no queramos, pero una vez que en uso de nuestra libertad estamos dentro de la Iglesia hemos de comprender que existe un gran número de misiones y que todas ellas son importantes para el desarrollo del Reino de Dios. Y ahí hemos de aceptar el trabajo designado.  Y no olvidemos que el gozo de Dios es nuestra fortaleza.

 

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