Domingo II Adviento

La altura de Belén, aunque nos parezca lo contrario, es inmensamente alta aunque aparentemente sea pequeña. En ella sólo logran entrar los que, siendo pequeños ante el mundo, son grandes para Dios. Lo dice de una forma gráfica San Pablo en la segunda lectura de este Domingo II de Adviento: “Y está es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios”.

Y es que, para llegar a la Navidad, no hay que decrecer hacia abajo sino crecer hacia aquello que nos aporta esperanza, gusto por las cosas de Dios y sobre todo soñar con un mundo distinto desde ese gran potencial de amor y de ternura que Dios nos manifestará en Belén. Para gustarle, claro está, hay que ser altos en valores y apartarnos de aquellos otros que no son tales.

Hay alguien que, precisamente, nos mide la altura de nuestra esperanza: Juan Bautista. No lo hace en cualquier ciudad o al margen del hombre. Hoy, como entonces, se acerca al desierto de nuestra existencia, de nuestro vivir y de nuestras contradicciones reclamando algo tan esencial como la conversión.

-Conversión en nuestra adhesión a Cristo.

-Conversión en nuestra forma de vivir..

-Conversión del ruido al silencio..

Solamente podremos vivir el acontecimiento de la Navidad si, nuestras entrañas, están dispuestas a ser tocadas por la mano de un Señor que llega humilde pero con la verdad en sus labios, pequeño pero con la grandeza de Dios, comprensivo pero exigente con aquellos que dicen quererle. Que este tiempo de adviento nos abra los ojos para que, nuestra sensibilidad, nos permita ver y gozar con la presencia de Jesús que viene. Que este adviento labre nuestro interior y, de esa manera, podamos cobijar en la tierra de nuestra humanidad a un Dios que se digna pisarla en carne y hueso.

Que el Señor, en este tiempo de adviento, nos ayude a reformar aquellos puntos que sean necesarios para que, cuando el venga, podamos presentarle un edificio espiritual irrefutable, limpio, convertido y volcado totalmente a su voluntad.

 

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