Domingo I Cuaresma

Convertíos y creed en el Evangelio

Del desierto Jesús sale listo para comenzar su misión evangelizadora, para expulsar los demonios, para curar a los enfermos,… Las primeras palabras que escuchamos de labios de Jesús en el evangelio según san Marcos son una llamada a la conversión y a la fe. Conversión y fe son como las dos caras de la misma moneda, no se pueden separar. La conversión es la vuelta a Dios; es caminar en la buena dirección, es amar a Dios por encima de todo, más que a uno mismo,… Es un don, una gracia. Nadie puede convertirse por propia iniciativa. En el libro de las Lamentaciones leemos estas palabras: «conviértenos a ti Señor, y nos convertiremos». Pero esta gracia tiene que ser acogida para que se dé una verdadera conversión. La conversión es una tarea de toda nuestra vida. Jamás podremos sentarnos a descansar diciéndonos que ya nos hemos convertido totalmente. Cada mañana hay que retomar el camino de la conversión, hay que reorientar nuestra dirección, dirigir el rumbo hacia Dios. La fe también es, en primer lugar, un don. Tiene muchos aspectos. Uno de ellos es la adhesión total a Dios, es entregarse de corazón a Dios; es confiar en él; es aceptar sus planes, sus criterios, sus tiempos,… es acoger sus palabras, ponerlas en práctica, es hacer su voluntad. La mejor manera de cultivar y acrecentar nuestra fe es orar mucho y hacer el bien. La oración y las buenas obras son como el termómetro que nos indica dónde estamos en la fe.

La Cuaresma puede ser un tiempo decisivo para avanzar en la conversión y para fortalece nuestra fe, especialmente en un mundo en el que se palpa una creciente falta de fe.

Un nuevo comienzo

El pasaje evangélico de este primer domingo de Cuaresma recoge el episodio de las tentaciones. San Marcos nos ofrece una versión abreviada pero muy densa; incluso nos proporciona detalles que no encontramos en los otros evangelistas. Jesús se retira al desierto impulsado por el Espíritu. El desierto es, por un parte, un lugar donde la vida resulta difícil; pero también un lugar propicio para encontrarse con Dios. Por boca del profeta Oseas, Dios mismo dice que seducirá a su amada ‒es decir, a su pueblo elegido‒, la llevará al desierto y le hablará al corazón. En el desierto Jesús vivió intensamente este contacto de corazón a corazón con el Padre, aunque no se le mencione en este pasaje. En esta Cuaresma Dios nos concede la oportunidad de imitar a Cristo intensificando nuestra comunión con Dios a corazón abierto.

El número cuarenta, que da origen a la palabra Cuaresma, está asociado en la Biblia a experiencias espirituales intensas: los cuarenta días y cuarenta noches del diluvio ‒evocados de algún modo en la primera lectura‒, los cuarenta años de travesía por el desierto que el pueblo elegido realizó antes de llegar a la tierra prometida, los cuarenta días y las cuarenta noches que Moisés pasó en el monte Sinaí, los cuarenta días y las cuarenta noches que Elías caminó antes de llegar al monte Horeb. A diferencia del evangelio según san Mateo y según san Lucas, el de san Marcos parece indicar que Jesús no fue tentado solamente al final de estos cuarenta días de estancia en el desierto, sino durante todo ese tiempo.

Esta experiencia de desierto parece reescribir los primeros capítulos del Génesis, como si nos quisiera sugerir que con Jesús la historia se escribe de nuevo y con un signo positivo. Jesús marca un nuevo comienzo. Como en el paraíso, también en el desierto hay armonía entre el hombre y la naturaleza. La convivencia pacífica entre Jesús y las fieras nos remite a la armonía que profetizó Isaías para los tiempos mesiánicos. Jesús vive también en contacto con los ángeles que le sirven. En Jesús no hay ruptura entre el cielo y la tierra.

Pero como en el Génesis también interviene Satanás para intentar arruinarlo todo, para introducir la ruptura, para tratar de apartar a Jesús del Padre. Aunque nada podrá arrancarle la serena certeza de que el Padre lo ama y nunca lo abandona. Jesús, como nuevo Adán, va a enfrentarse con el tentador, va a desenmascararlo. El primer Adán fue tentado cuando disfrutaba de la abundancia del paraíso recién estrenado; Jesús fue tentado cuando permanecía en la austeridad del desierto, donde carecía incluso de lo necesario desde el punto de vista material, cuando ayunaba. El primer Adán cayó, arrastrando tras de sí a toda la humanidad; Jesús venció, salvando a todos los que se unen a él. Satanás salió derrotado. De esta victoria de Jesús depende nuestra salvación.

Este episodio de la vida de Jesús es capital para nosotros. Como decía santo Tomás de Aquino «todo lo que Cristo realizó en su carne fue salvífico para nosotros», también esta victoria sobre el tentador.

Al comienzo de la Cuaresma todos los cristianos estamos invitados a acompañar espiritualmente a Jesús en el desierto. Estos cuarenta días son para nosotros como una cura para habituarnos a Dios, para habituar no solo de nuestro espíritu, también nuestra carne a Dios, pues también nuestra carne tiene futuro, está llamada a la resurrección. Como Jesús, tendremos que confrontarnos con Satanás, a quien el Señor llama en alguna ocasión «príncipe de las tinieblas» o «príncipe de este mundo». El tentador aprovecha los momentos de debilidad, de cansancio o de angustia para hacernos caer en sus trampas. Pero tampoco los momentos de oración están exentos de tentación. Toda circunstancia puede ser propicia para tratarnos de separar de Dios. Como decían los antiguos, el diablo tiene envidia de los que tienden a lo mejor. Sólo amando intensamente al Padre ‒como hizo Jesús‒ podremos superar la tentación; sólo amando más al Padre que nuestro propio interés o que nuestras supuestas necesidades podremos resistir cualquier embate. El amor puede con la tentación. Si el amor es fuerte, no hay tentación que se le resista.

Oraciones litúrgicas
Vigilias de oración
Viacrucis