Domingo XXI

Si bien la misión primordial del profeta es advertir en el lenguaje de su tiempo las exigencias de la Ley, observar la realidad y comparándola con los requerimientos de Dios, denunciar las injusticias o los errores que se cometen, también debe, con sus enseñanzas, orientar al pueblo, encauzar su conducta hacia el futuro. Futuro temporal, que deberá realizarse en la historia, y el futuro eterno.

 Pero no siempre se trata de denunciar, en ciertas ocasiones, en momentos de desaliento o de desgracia, un deber suyo será animarlo, moverlo a la esperanza. Isaías es lo que pretende hoy con el fragmento que nos ofrece la liturgia de la misa de este domingo. Los países lejanos que nombra son los que lo eran en aquel tiempo, no podía mencionar ni América ni Japón, evidentemente. Nosotros, mis queridos jóvenes lectores, que hoy le escuchamos, podemos aplicar los buenos anuncios, a la Iglesia, el Nuevo Israel.

 La segunda lectura, el texto de la carta a los Hebreos, molestará a algunos. Habla de castigo y hoy frecuentemente se rehúsa. Uno que ha pasado estrecheces e injusticias y hasta hambre, cuando se hace adulto y se casa, no quiere que su prole pase por las mismas penas y dificultades que él pasó y con facilidad otorga todos sus mimos y responde a cualquier capricho que se le pida. Y resulta que se hacen mayores y los resultados de una tal educación, no son lo que esperaban y se sienten defraudados.

 En el terreno religioso, algunos quisieran que su confianza en Dios les otorgase todos su caprichos. Recuerdo ahora a este respecto, un párrafo de Saint-Exupery. Cito de memoria y desconozco su ubicación en las diferentes obras que escribió este autor, que he leído casi todas.

“Señor, te dije, cuando acabe mi oración, haz que aquel cuervo de enfrente emprenda el vuelo, así sabré que me has escuchado. Terminé mi rezo y miré, el cuervo no se había movido de la rama. Pero entonces no me afligí, me di cuenta que si hubiera volado, yo ahora estaría triste, pues pensaría que mi dios, en el que yo creo, es un dios inferior, obedece mis humanos caprichos”.

 En el texto evangélico de hoy, el Señor aterriza. No se anda por las ramas, no pretende que los suyos, nosotros incluidos, seamos sabios eruditos. Muchos hoy leen y discuten para ver quien inventa una teoría más chocante, a quien se le ocurre algo cuyo titular suene a lo más contrario que se ha dicho hasta ahora, a lo inverso que ha escuchado. Y hablan y hablan con atractivos discursos y la gente queda pasmada y después ellos al final quedan satisfechos.

En el juicio o en nuestro examen cotidiano de conciencia, no se trata de averiguar las teorías que uno ha expuesto. En el juicio, en el de Dios y en el que nosotros nos sometamos a nosotros mismos, debemos examinarnos de Amor y Bien.

En el Evangelio de San Lucas de este domingo se presentan varios diálogos de Jesús con gentes que quieren seguirle. Parecen muy radicales los planteamientos del Señor a no dejar que uno entierre a su padre o que otro ni siquiera pueda despedirse de su familia. Ese radicalismo podría parecer que estaba en contra de la libertad personal de cada uno. No es así. La «petición fuerte» sorprende y trae, sin duda, un camino de reflexión. Y ahí es donde todo se hace grande, porque una misión que ni siquiera permite seguir unos legítimos compromisos familiares da idea de su enorme dimensión. Y, también, obliga al análisis personal, porque no se puede aceptar nada que lleve una petición tan importantes, si no es mediante la reflexión y la decisión personal.

2. – El Señor va a decir también que no tiene lugar donde reposar su cabeza, ni lugar alguno de descanso. Sus discípulos, al seguirle, deberán tomar conocimiento de otras de las características del trabajo propuesto. Los consuelos habituales que puede dar el entorno, o la familia, no son posibles. El único consuelo –y no es poco– es saberse que uno va en pos de Jesús. Pero todo esto es posible. Es una opción, no un camino imposible. La semana anterior Jesús nos pedía que cargáramos con nuestra cruz y le siguiéramos. Hoy es lo mismo. El seguimiento es sin condiciones, porque la misión es muy grande.

3. – La Cruz no es una búsqueda masoquista de dolor a ultranza. Es la aceptación de la vida como viene. Y a veces en nuestra vida no hay dolor, hay otras cosas también difíciles, como la mediocridad de un ambiente. En arameo, la lengua de Cristo, cruz y yugo tienen la misma raíz y no olvidemos que el mismo Jesús nos ha dicho que «su yugo es suave y su carga no es pesada». Tras aceptar el camino de seguir a Jesús, él mismo nos va a dar fuerzas. Lo radical, sin duda, está en la decisión de agradecimiento a Dios y de encuentro con los hermanos. Todo lo que queráis hacer por Dios, ofrecerle o entregarle, que sea por amor y desde la libertad. Y también con valentía, porque “el que echa mano al arado y sigue mirando para atrás no vale para el reino de Dios”.