«espera hija y verás grandes cosas»

Se suele decir que Teresa de Jesús es una “mística que pisa barro”, con los pies en la tierra, realista y
concreta a la hora de vivir lo cotidiano. Por otra parte, toda su vida, desde su más tierna infancia, se orienta
conforme a un anhelo de vida eterna que va adquiriendo distintos acentos a lo largo de los años. Siempre en
el horizonte, el anhelo del cielo, símbolo para ella de la felicidad total, la plenitud de los bienes, el gozo para
siempre, siempre.
Dejar hablar a Teresa del cielo nos conduce a oírla hablar de la tierra. La mística abulense se expresa
en asuntos de la tierra como quien ha traspasado la frontera infranqueable que la separa del cielo. “Una
visión nueva” (Cf. Ap 21,1) que le permite identificar diversos espacios y contextos con el mismo cielo: el
alma, la comunidad y en último término, toda la realidad. La fundamentación la encontrará en una afirmación
sencilla y a la vez profunda: “A donde está Dios es el cielo” (C 28,1). Esta experiencia la llevará a
comprometerse firmemente con la realización del Reino en esta tierra en la medida de lo posible.
Vivir el adviento en tono teresiano sería algo así como alentar en nuestro interior el anhelo de
“cielo”, es decir, de Presencia de Dios aquí y ahora; y alentar igualmente el compromiso firme de hacer lo
que está en nosotros para que nuestro mundo sea “casa de Dios”, “hogar de Dios”. Por eso, esta tarde, de la
mano de Teresa, nos sentimos invitados a:
o Reconocer y agradecer el “pequeño cielo de nuestra alma”
o Reconocer y agradecer la vida de la comunidad-humanidad, como casa llamada a ser un “cielo si
le puede haber en la tierra”
o Alentar nuestra esperanza desde la confianza: “espera, hija, y verás grandes cosas”.
o Encaminar nuestros pasos en la dirección de nuestra esperanza.